Mendoza, cuyo nombre de pila aún se desconoce, vivió hasta los sesenta y ocho años de edad. Toda su vida se encargó de ejercer, con honores, el oficio de herrero.
Cuando su esposa murió decidió abandonar su trabajo para luego abandonar su pueblo y, finalmente, terminó por abandonarse a sí mismo. Se convirtió en un errante, en un hombre sucio y sin techo. Era apenas aquel vagabundo que recorría los pueblos de la provincia, desfilando ante la mirada despectiva de los lugareños.
En esa condición de fragilidad dejó atrás el último sitio habitado para marchar sin descanso por el crudo desierto pampeano. Kilómetro a kilómetro el sol azotó con intensidad la maltrecha piel del criollo.
Se propuso caminar hasta que su cuerpo le dijera basta. Una vez así se dejaría morir, tirado sobre la tierra reseca, sin tregua ni pesar.
Cuando sus pies descalzos se detuvieron y su pantalón no era mas que harapos, hundió ambas rodillas en la tierra y decidió, sin saberlo, que ese sería el lugar de perecer. Sin embargo, antes de que se desplomara por completo, una mano se posó sobre su hombro. Mendoza, que no tenía energía ni siquiera para asustarse, giró con dificultad su cabeza y vio los dientes mas blanco que nunca antes había visto. Una sonrisa perpetua lo saludó. Levantó aún mas la vista y tardó breves segundos en captar la imagen completa del rostro de aquel joven hombre.
A Mendoza le pareció que no llegaba a los treinta años, sin embargo tampoco lo podría haber afirmado. Vio sus ojos negros y su cabello corto por debajo de un sombrero, de ala redonda, inmaculado. La camisa era azul o gris, no lo pudo advertir del todo. Si tenía certeza de que entallaba unos vaqueros y calzaba unas botas marrones con puntera de metal.
Las primeras palabras de aquel hombre fueron ininteligibles para Mendoza, pero a la cuarta o quinta frase comenzó a entender el dialecto. El hombre dijo que “terminar una vida de esa manera, sobre la tierra reseca, asado por el sol y picoteado por los caranchos, no tenía nada de digno”. Habló acerca de la vida de Mendoza como si la hubiese leído y memorizado de un libreto. Al criollo le brillaban los ojos. No entendía que pasaba. Por momentos miraba hacia el horizonte, para quitar la vista del hombre de camisa azul -o gris- pero aún así continuaba oyendo su voz grave y ronca. De una u otra manera le temía, pero al mismo tiempo se maravillaba cuando este le citaba, con rigor, algún fragmento de su vida. Le hablaba de su trabajo como herrero, de los servicios prestados a su provincia en la frontera y de su amor, su amor incondicional por Flora, su añorada esposa.
Luego del deslumbrante discurso, y sin que Mendoza pronunciara una sola palabra, el hombre hizo un gesto con su mano derecha y giró sobre los tacos de sus botas. Se echó a andar hacia el oeste. Mendoza sin dudarlo se puso en pie -casi como si hubiese conseguido recuperar algo de aquella energía perdida- y lo siguió. Caminaron lentamente, uno a la par del otro, en silencio. Cada tanto Mendoza buscaba los ojos negros por debajo del ala del sombrero, pero cierto temor le hacía apartar la vista y ubicarla de nuevo sobre el camino. Dejaron atrás varios kilómetros de mera llanura. Se puso el sol y la noche lo cubrió todo con su gran capa oscura.
El paseo a pie se detuvo cuando dieron con un árbol centenario que se elevaba, solo, en medio del vacío y la oscuridad.
El hombre del sombrero se puso en cuclillas ante la mirada expectante del moribundo. Tomó una ramita del piso de tierra y empezó a trazar en el mismo suelo un perfecto rectángulo. A Mendoza se le vino a la mente la imagen de un maestro rural de escuela enseñando geometría a un conjunto de niños aburridos.
Cuando el hombre concluyó de dibujar, arrojó la pequeña rama hacia la oscuridad. Se arrodilló dentro de la figura y golpeó tres veces sobre la tierra. Increíblemente los tres llamados retumbaron como si hubiese golpeado sobre un sitio hueco. Mendoza dio unos pasos hacia atrás y pensó en salir corriendo, pero no lo hizo. Ya estaba allí. Había conocido la mitad de la aventura y quería saber como iba a terminar. El hombre joven se puso en pie y le dedicó una sonrisa. Dijo algo entre dientes pero el criollo no le entendió. Luego con un gesto lo invitó a esperar bajo el árbol. Los dos hombres se sentaron apoyando la espalda sobre la añeja madera. Contemplaban con fascinación el rectángulo dibujado en el piso. A la media hora de esperar Mendoza oyó una vez mas la voz del hombre que tenía sentado a su lado. Esta vez le entendió. Dijo con voz profunda “¿quiere fumar?”, aunque se escuchó mas bien como “quirfumó”. No lo dudó un segundo y asintió con la cabeza. El otro sacó de un bolsillo papel de armar y una bolsita con tabaco. Con movimientos espasmódicos armó dos cigarros. Le ofreció uno a Mendoza. Luego le dio lumbre a través de un fósforo encendido que apareció como por arte de magia.
Pitaron sus cigarros largo rato bajo las hojas del viejo árbol (a Mendoza se le antojaba que era un roble) sin mediar palabra. Disfrutaron el tabaco con ganas. Al criollo se le inflaba el pecho sintiendo, por primera vez en años, una sensación de profunda tranquilidad. Pasaron horas sentados hasta que, muy adentrada la noche, el hombre del sombrero se puso en pie. Le tendió una mano a Mendoza para ayudarlo y éste la aceptó de buena gana. Dieron unos pasos al frente y se quedaron mirando la tierra que, a decir de Mendoza, ahora tenía un color mas oscuro. El suelo que pisaban comenzó a temblar.
El rectángulo bailaba enloquecidamente. El suelo comenzó a desmoronarse y los limites de la figura eran ahora los límites de un hueco en la tierra. El hombre que sonreía, el de la camisa azul o gris, el de las botas de puntera metálica y sombrero inmaculado, tomó a Mendoza por la parte posterior del cuello. Le inclinó la cabeza hacía el agujero -hacía la tumba- y Mendoza pudo ver, en el fondo mismo, a una mujer. Una mujer que lo observaba con admiración, una mujer joven, de mirada iluminada y rostro saludable.
Flora.
Gritó Mendoza, y se zambulló de un salto en el hueco de tierra cuando el hombre le soltó el cuello. El criollo se perdió en la infinitud de aquel pozo. No se oyó el golpe de su cuerpo contra el fondo, porque allí no había ningún fondo. Allí solo se encontraba un abismo repleto de oscuridad.
Finalmente Mendoza encontró lo que andaba buscando, aunque todavía la gente que escucha el relato se pregunta si verdaderamente él había buscado ese final. A decir verdad, dicha pregunta carece de sentido, porque lo que vale es la certeza de que mas allá de su deseo, había encontrado lo que había encontrado.
La historia de Mendoza no guarda moraleja alguna, solo sirve para esclarecer un punto: aún en la llanura pampeana uno puede toparse con alguna de las puertas que conducen al averno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario