viernes, 10 de febrero de 2012

Palabras

Siendo yo un niño había descubierto la libertad de dar vida a cada objeto que encontrase a mi paso. Todo el juego, que se fue tornando en hábito y luego en vicio, consistía -primero- en recortar palabras de diarios y revistas. Las guardaba, celosamente, en una caja de cartón que escondía debajo de mi cama. En un momento dado, que no puedo precisar, esas palabras tan muertas como el trozo de árbol al que perteneció el papel en el que estaban escritas comenzaron a llamarme. Me susurraban despacito por las noches, antes de mi descanso. Entonces me desvelaba, abría la caja y contemplaba ese universo conformado por letras agrupadas. Lo curioso es que no conocía el significado de muchas de esas palabras. Pero esto no representaba ningún problema, al contrario. Me servía de una, por mí desconocida en cuanto a su significación, y la aplicaba a todo lo que se me antojase.
Recuerdo que una de las que me fascinó a penas la redescubrí, nadando dentro de ese mar de recortes que era mi pequeño tesoro, fue la palabra galeón. Entonces tenía yo un galeón número cinco con el cual jugaba al fútbol, mi madre regaba las plantas del jardín con un galeón cargado con agua, mi padre fumaba por las noches su galeón y lo encendía a cada rato cuando el tabaco dentro de este se apagaba y cada día el galeón asomaba por el este y se ponía por el oeste. 
Una tardecita algo lluviosa, un vecino trajo a mi casa un cachorro. Mis padres aceptaron gustosos quedarse con él. Se acercaron a mi y me pidieron que lo bautizara. 
-Ponle un nombre. -dijo mi madre ansiosa.
-Se llamará galeón. -respondí sin dudarlo un momento.
Mi padre me miró extrañado. Meditó unos segundos para luego sentenciar:
-Se llamará Toby.
Y así nuestro perro fue bautizado por mi padre.  
A los pocos días de que Toby comenzara a vivir con nosotros aún continuaba fascinado con aquella palabra. Mi padre me llamó preocupado una mañana, mientras degustaba su habitual mate amargo, y me explicó que un galeón es una embarcación a vela. Lo comprendí de inmediato y en ese preciso instante la palabra galeón se volvió para mi tan absurda como todas aquellas de las que conocía su significado.  
Pero no claudiqué en mi accionar tan fácilmente. Así fui por mi caja en busca de una nueva palabra, y luego de otra, y mas tarde de otra más. En esa lista interminable aparecían palabras tales como: diapasón,  partícula, mandarín, resonador, tubérculo, asteroide, catalejo, grímpola, ligamento, carnet, abedul, licántropo, meseta, giba, caleidoscopio, baraja, alabastro, mandolina, lóbulo, arlequín… entre varias otras. 
Cada experiencia de bautizar objetos con la palabra de turno concluía siempre en lo mismo. Mi padre llamándome con gesto parco con la intención de darme una breve explicación. Me brindaba la definición, ponía ejemplos y se desvivía por que deje ese juego que resultaba tan absurdo para él y tan hermoso para mí. 
Finalmente se apareció mi padre, una tarde de enero, con un enorme diccionario enciclopédico de la lengua española. Agradecí el regalo, como todo regalo que caía en mis manos por ese entonces. Lo cierto es que de aquel libro inmenso solo me apasionaban los gráficos, las fotografías de ciudades y los colores de las banderas. A veces leía alguna palabra que llamase mi atención pero jamás me atrevía a leer su significado. ¿Por qué tenía yo que llamar a las cosas por el nombre que se me ordenase? Pues bien, no tuve más remedio que acatar ese otro mundo lleno de sentido, regido por el orden y el consenso. Así es la historia de cada uno, excepto la de aquellos que optan por una libertad absoluta, asumiendo las consecuencias que ella trae consigo.  
Ahora la libertad se me escurre a cada minuto, desfila ante mis ojos y escapa ahuyentada por el fantasma del sentido. Los tiempos han cambiado, yo he cambiado y las palabras, muy a mi pesar, también. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario