Homero
Recuerdo aquella noche como la mas oscura que me haya tocado vivir. Al llegar a la playa elevé un rezo para mis dioses. No me costó empujar la barca al mar, aún tenía fuerzas de sobra. Las olas me ofrecían un arrebato de furia. Sortee los peligros de aquel mar envenenado durante algunas horas.
Cuando llegué por fin a la isla escondí mi nave cerca de unas piedras que ascendían en dirección vertical, hacía el firmamento majestuoso, sobre la arena humedecida.
Un sendero enrarecido escoltado de alangieos me llevó hasta las puertas del templo. Tal como me habían encomendado en Ítaca golpeé tres veces el anillo. No tuve que esperar demasiado. De par en par las hojas de madera se hicieron hacia adentro. La figura de un hombre de atuendos sacrílegos apareció frente a mi. Me estudió con ojos ardientes. Señaló mi cinturón y ordenó me desarme. Sabía que la tribu a la que pertenecía aquel guardián de la puerta no me daría problemas. Sus aspiraciones estaban mas allá de las guerras. Así y todo habían convertido en prisioneros a media docenas de soldados. Hasta los guerreros mas valientes, que alguna vez habían servido bajo el mando de Odiseo durante diez años en Troya, se encontraban en ese templo. Solo mis dioses saben que clase de embrujo profesaban esos hechiceros sobre mis coterráneos. Clavé mi espada en la tierra y entonces se me permitió el acceso. Caminamos lentamente y en silencio. Un aroma intenso, como a incienso, se apreciaba en el aire. Dentro de las murallas del templo todo se resumía a una enorme gruta de piedra trabajada. El hombre de las vestiduras impuras me indicó el camino sin decir ni una palabra. Me adentré en la oscuridad de la gruta de piedra con la esperanza de dar con los soldados retenidos. Juré no volver a Ítaca si no lograba liberar al menos a uno de aquellos hombres. Me guié por sombras serpenteantes y por aquel aroma que inundaba el aire. Al dar con la recamara me asaltó el desconcierto. Cientos de hombres tumbados en el piso de piedra contemplando la nada. Con la barriga señalando el techo y los brazos extendidos parecían estatuas impávidas. Algunos brujos caminaban por entre aquellos vivos que parecían muertos. Descendí sendos escalones de piedra pulida para adentrarme con furia en el corazón de la recámara.
– ¿Quién está al mando aquí? – pregunté a uno de los brujos de atuendos oscuros.
– En este recinto no hay mandos ni jerarquías. – me contestó.
Miré a mi alrededor tratando de dar con la cara de algún hombre que compartiese mis raíces. Todos me parecían iguales, a las sombras de ese lugar.
–No hay mandos ni jerarquías, pero toman prisioneros. – repuse enfurecido con mi mano señalando a los cautivos.
–Nadie está obligado a permanecer aquí. Todo hombre es libre de dejar el recinto cuando le plazca. – respiró para luego agregar. –Eres bienvenido y puedes quedarte entre nosotros el tiempo que quieras.
Me pregunté cuantos hombres habría allí. Un centenar sin duda.
–Voy a partir y me llevaré los hombres que pueda conmigo.
–¿Y a cuantos pretendes meter en esa pequeña barca de madera con la que has arribado a esta isla santa?
–¿Isla santa?, que se le pudra la boca anciano miserable. –grité enardecido y algunos brujos o hechiceros, (más tarde supe que se llamaban así mismos lotófagos) comenzaron a rodearme. Sacaron de sus bolsillos las plantas inflamadas de veneno y me las ofrecían sin pedir nada a cambio, excepto mi vida.
–Apártense. –les advertí elevando los puños cerrados. Pero no respondían a mis palabras. Entonces la cólera se apoderó del alma mía y golpee a uno de ellos en la cara. El brujo besó el piso y dio unos tumbos. Los demás me contemplaban inmutables con las flores de loto en sus manos.
Me adentré aún mas en la recámara dando empujones a todos los que se acercaban. Las flores se elevaban por el aire para luego caer con sus dueños. Sin pensarlo un momento me acerqué al hombre que tenía más próximo. Sin conocerlo lo consideré un amigo. Lo levanté del piso para cargármelo en los hombros.
–Un solo hombre rescatado servirá de ejemplo, escorias. –les escupí en la cara.
Los brujos me abrieron paso. No iban a detenerme al menos que me sedujeran a través de la sustancia de sus amadas flores.
Emprendí el retorno por la gruta y llegué a la puerta del templo con aquel hombre, que balbuceaba delirantemente, sobre mis espaldas.
–Abra. –le ordené al guardián de la puerta y este obedeció.
Atravesé los muros y tiré al hombre al piso. Sus ojos no estaban allí conmigo, me miraban tan distantes que creí no sobreviviría mas de unas horas. Recuperé mi espada.
–Ítaca arderá como Troya. Cuando llegue el momento habrá un lugar para usted en nuestra casa. –me dijo el lotófago guardián de la puerta y desapareció tras los muros. Que odiosas palabras ha pronunciado, pensé para mis adentros en ese instante. Sin embargo, cuanta razón tenía.
Cargué a mi coterráneo y me dirigí a la playa.
El aire de mar y mis gritos que maldecían aquellos campos de loto hicieron que mi amigo comenzara a abandonar los efectos de la flor.
–¿Cómo te llamas? –le pregunté a medio camino sobre las olas y sin dejar de remar.
–Telémaco. –me respondió distante.
–Descansa, pronto estaremos en Ítaca.
–¿Qué es Ítaca? –preguntó aún aturdido por el excesivo consumo del loto.
Con la alegría inmensa de haber sabido elegir a un hombre de entre cientos, solo pude responderle una cosa.
–Es el lugar donde espera tu padre.
Un sendero enrarecido escoltado de alangieos me llevó hasta las puertas del templo. Tal como me habían encomendado en Ítaca golpeé tres veces el anillo. No tuve que esperar demasiado. De par en par las hojas de madera se hicieron hacia adentro. La figura de un hombre de atuendos sacrílegos apareció frente a mi. Me estudió con ojos ardientes. Señaló mi cinturón y ordenó me desarme. Sabía que la tribu a la que pertenecía aquel guardián de la puerta no me daría problemas. Sus aspiraciones estaban mas allá de las guerras. Así y todo habían convertido en prisioneros a media docenas de soldados. Hasta los guerreros mas valientes, que alguna vez habían servido bajo el mando de Odiseo durante diez años en Troya, se encontraban en ese templo. Solo mis dioses saben que clase de embrujo profesaban esos hechiceros sobre mis coterráneos. Clavé mi espada en la tierra y entonces se me permitió el acceso. Caminamos lentamente y en silencio. Un aroma intenso, como a incienso, se apreciaba en el aire. Dentro de las murallas del templo todo se resumía a una enorme gruta de piedra trabajada. El hombre de las vestiduras impuras me indicó el camino sin decir ni una palabra. Me adentré en la oscuridad de la gruta de piedra con la esperanza de dar con los soldados retenidos. Juré no volver a Ítaca si no lograba liberar al menos a uno de aquellos hombres. Me guié por sombras serpenteantes y por aquel aroma que inundaba el aire. Al dar con la recamara me asaltó el desconcierto. Cientos de hombres tumbados en el piso de piedra contemplando la nada. Con la barriga señalando el techo y los brazos extendidos parecían estatuas impávidas. Algunos brujos caminaban por entre aquellos vivos que parecían muertos. Descendí sendos escalones de piedra pulida para adentrarme con furia en el corazón de la recámara.
– ¿Quién está al mando aquí? – pregunté a uno de los brujos de atuendos oscuros.
– En este recinto no hay mandos ni jerarquías. – me contestó.
Miré a mi alrededor tratando de dar con la cara de algún hombre que compartiese mis raíces. Todos me parecían iguales, a las sombras de ese lugar.
–No hay mandos ni jerarquías, pero toman prisioneros. – repuse enfurecido con mi mano señalando a los cautivos.
–Nadie está obligado a permanecer aquí. Todo hombre es libre de dejar el recinto cuando le plazca. – respiró para luego agregar. –Eres bienvenido y puedes quedarte entre nosotros el tiempo que quieras.
Me pregunté cuantos hombres habría allí. Un centenar sin duda.
–Voy a partir y me llevaré los hombres que pueda conmigo.
–¿Y a cuantos pretendes meter en esa pequeña barca de madera con la que has arribado a esta isla santa?
–¿Isla santa?, que se le pudra la boca anciano miserable. –grité enardecido y algunos brujos o hechiceros, (más tarde supe que se llamaban así mismos lotófagos) comenzaron a rodearme. Sacaron de sus bolsillos las plantas inflamadas de veneno y me las ofrecían sin pedir nada a cambio, excepto mi vida.
–Apártense. –les advertí elevando los puños cerrados. Pero no respondían a mis palabras. Entonces la cólera se apoderó del alma mía y golpee a uno de ellos en la cara. El brujo besó el piso y dio unos tumbos. Los demás me contemplaban inmutables con las flores de loto en sus manos.
Me adentré aún mas en la recámara dando empujones a todos los que se acercaban. Las flores se elevaban por el aire para luego caer con sus dueños. Sin pensarlo un momento me acerqué al hombre que tenía más próximo. Sin conocerlo lo consideré un amigo. Lo levanté del piso para cargármelo en los hombros.
–Un solo hombre rescatado servirá de ejemplo, escorias. –les escupí en la cara.
Los brujos me abrieron paso. No iban a detenerme al menos que me sedujeran a través de la sustancia de sus amadas flores.
Emprendí el retorno por la gruta y llegué a la puerta del templo con aquel hombre, que balbuceaba delirantemente, sobre mis espaldas.
–Abra. –le ordené al guardián de la puerta y este obedeció.
Atravesé los muros y tiré al hombre al piso. Sus ojos no estaban allí conmigo, me miraban tan distantes que creí no sobreviviría mas de unas horas. Recuperé mi espada.
–Ítaca arderá como Troya. Cuando llegue el momento habrá un lugar para usted en nuestra casa. –me dijo el lotófago guardián de la puerta y desapareció tras los muros. Que odiosas palabras ha pronunciado, pensé para mis adentros en ese instante. Sin embargo, cuanta razón tenía.
Cargué a mi coterráneo y me dirigí a la playa.
El aire de mar y mis gritos que maldecían aquellos campos de loto hicieron que mi amigo comenzara a abandonar los efectos de la flor.
–¿Cómo te llamas? –le pregunté a medio camino sobre las olas y sin dejar de remar.
–Telémaco. –me respondió distante.
–Descansa, pronto estaremos en Ítaca.
–¿Qué es Ítaca? –preguntó aún aturdido por el excesivo consumo del loto.
Con la alegría inmensa de haber sabido elegir a un hombre de entre cientos, solo pude responderle una cosa.
–Es el lugar donde espera tu padre.
Nota: Dos versiones existen sobre el final de esta historia: la primera explica que el protagonista y Telémaco nunca llegaron a Ítaca, ya que habrían sido retenidos en Esparta y convertidos en esclavos hasta el día de sus respectivas muertes. La otra fundamenta que los hombres arribaron a su tierra natal. Pero sin embargo a su llegada se toparon con un Odiseo sumido en la locura a raíz de la traición y la muerte de Penélope. Se sostiene, en ambas versiones, que el reencuentro entre padre e hijo quedó trunco.
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