Prólogo
Aquellas personas desveladas que sucumben ante el poder hipnótico del televisor a altas horas de la noche o aquellos que madrugan y antes de partir a sus trabajos encienden los aparatos para ver la temperatura de la jornada, se han topado alguna vez con una publicidad muy difundida por estos días. La misma aparece en un sinfín de canales (e incluso en algunos diales de radio), anunciando un producto revolucionario, innovador, indispensable para afrontar el devenir incierto del día a día. Nos referimos ni mas ni menos que al Té chino del doctor Ming. Milagrosa hierba en saquito que ha llegado del lejano oriente con el solo propósito de aliviar el pesar del viviente. Mezcla de conocimientos chinos ancestrales y avances médico - tecnológicos recientes, que ofrece a cualquier persona estresada el fantástico producto a cambio de una suma razonable de dinero. No solo es un relajante, sino que ayuda a bajar y mantener el peso, actúa como desintoxicante, purificador y descontracturante del espíritu de aquellos oprimidos lacayos de empresas ajenas o apesadumbrados caminantes del mundo laboral todo.
Introducción
Introducción
Este artículo tiene por finalidad dar a conocer aspectos de la vida del creador del milagroso producto, no sin antes introducir al lector en dos verdades, hasta hoy desconocidas, acerca de la persona del doctor Ming.
La primera hace referencia al lugar de nacimiento del protagonista.
Como solo unos pocos saben, Ming no nació en China.
Antes de su nacimiento la relación de sus padres entró en tinieblas. Su madre, joven rebelde y apasionada, viajó a Buenos Aires cuando cursaba un embarazo cercano al punto de finalización. Dicen algunos cronistas que paró en casa de una amiga que conoció por correspondencia. Otros investigadores no dudan en afirmar que ella se instaló en una vivienda precaria del barrio de la Boca perteneciente a Carlos Rubén Quiroga, quien había conocido a la hermosa joven en una visita que este había realizado a China, con la orquesta típica de tango que el mismo Quiroga dirigía , justamente nueve meses antes del nacimiento de Ming.
Previo al día en el que Ming viera la luz por primera vez -y nos referimos aquí a la luz de la sala de partos del Hospital Pirovano- su madre escribió una extensa carta al padre del niño, Tao Ming. En la epístola la antes casada, ahora divorciada unilateralmente, explicaba con lujo de detalles como había encontrado en Buenos Aires un lugar ideal para continuar su vida. La post data era bien clara: Tao, olvídate de mí para siempre. Tao Ming murió unos meses después en su Pekín natal. Son inespecíficos los datos que rondan su muerte. Abundan especulaciones y escasean afirmaciones. Lo sabido es que Tao nunca conoció a su hijo.
Infancia
Infancia
El pequeño Ming pasó sus primeros años en la vivienda de la Boca, junto a su madre y a Carlos Rubén Quiroga.
Corriendo detrás de una pelota de trapo e interpretando tangos en las reuniones barriales Ming se hizo querer por todo aquel que lo conociera. Era famoso también por su acalorada forma de discutir sobre temas de diversa índole, en los que se incluía por supuesto aquellos de connotación futbolera. Ya de pequeño había entrado en contacto con las revistas El Gráfico que tomaba prestadas del burdel de la esquina de su casa. A los seis años de edad podía recitar de memoria la formación de Boca Juniors del año ´81. Por ese entonces toda la Boca deliraba con la flamante incorporación de Diego Armando Maradona a la escuadra xeneize. Ming, como tantos otros, fue un enamorado del Pelusa.
Sin embargo su verdadero ídolo boquense llegó en 1985, se trataba ni más ni menos que de Enrique Hrabina, “el Vikingo”. Ming no tardó en pedirle a su madre que le comprase una casaca de Boca que llevase el número 3 en la espalda. Por esa época Ming se anotaba en cuanto torneo de fútbol existiese: barrial, interbarrial, colegial, intercolegial y en ese orden. Aguerrido en defensa, los delanteros rivales temían pasar a su lado. Su grito de guerra era distinguido: “soy Hrabina, soy Hrabina” exclamaba a la vez que enchufaba una patada a algún contrario.
Siguiendo la carrera de su ídolo, el Vikingo Enrique Hrabina, Ming aprendió dos cosas: que él fútbol es una pasión y que la H es muda.
Adolescencia
Adolescencia
Ya entrado en la adolescencia los fantasmas de su identidad lo invaden por primera vez. Esto ocurrió por la repentina aparición de unas prominentes patillas que asaltaron su rostro. Vale aclarar en este punto que las patillas eran el rasgo distintivo de Carlos Rubén Quiroga. De hecho en el barrio de la Boca llamaban a Quiroga “Patilla ´e lana”, cuando no cosas peores.
Una noche lluviosa, el ya adolescente, Ming esperó a que su madre retornase del trabajo -se había empleado como mecanógrafa de una pequeña empresa contable y acotamos que no le iba muy bien ni con los números ni con las letras-.
Cronistas aseguran que aquella noche la voz del adolescente se escuchó en toda La Boca. La reunión con su progenitora duró hasta el amanecer. Frente a dicho episodio Quiroga se mantuvo al margen. El criollo pasó la noche fingiendo afinar una guitarra en la habitación contigua a aquella en la que se libraba la discusión madre - hijo. Ming pocas veces se autopronunció sobre dicho hecho. Solo expresó varios años después que su madre juró por todos sus dioses que él era hijo de Tao Ming, fundamentando que la genética a veces se manifestaba de manera misteriosa y que en sus misterios se encontraban aquellas patillas tan lanudas. El joven Ming aceptó de mala gana la versión ofrecida por su madre acerca de su concepción.
Por miedo a toparse con una verdad punzante y dolorosa Ming metió en el freezer el tema de su origen que optaría por descongelar años mas tarde.
Su carrera
Su carrera
Destapado el asunto de la oriundez de Ming nos proponemos ahora dar a conocer la segunda verdad en torno a su vida. El antes creído chino ahora sabido porteñazo no se doctoró en medicina como algunos incautos han sostenido, sino en leyes.
Ming (llamado también a temprana edad por los amigos del barrio “el chino“ o “Tito“ en casos de anonimato), concluyó la carrera de derecho con tan solo veintitrés años de edad. En esa época aún conservaba sus patillas. Hecho que se confirma por la foto de la matrícula del colegio de abogados de Lomas de Zamora (partido al que se había mudado en soledad) en el que se inscribió para ejercer la profesión. En esa fotografía se lo ve con aire soñador y principalmente con abundante pelo en el rostro.
Luego de ejercer durante dos años el derecho entra en una profunda depresión que tiene como causa principal un conflicto de identidad. Si bien se apasiona por la vida en Buenos Aires siente que hay una pieza faltante en el rompecabezas de su existencia. Un no saber, que hundía sus raíces en la desconocida vida de su padre Tao.
En China
En China
Amigos de Ming afirmaron en entrevistas realizadas para este documento que los fantasmas de su padre lo acompañaron durante toda su vida, tanto en los momentos de melancolía como en los de mayor éxito. A los veintiséis años y ya doctorado en leyes, Ming se propuso llenar las lagunas del desconocimiento con un viaje fugaz a Pekín. Dicha aventura debía durar unas pocas semanas, pero al desembarcar en la exótica China el abogado se vio sumergido en una nube esotérica que llenó su alma de intriga y curiosidad. Con entusiasmo se propuso recorrer los lugares mas remotos y emprender algunas nuevas empresas.
Instalado en China, Ming comenzó a visitar aquellos sitios que habían sido recomendados por su madre. Regiones históricas y zonas turísticas aparecían en una lista interminable.
Pero la finalidad del joven no era la de realizar un viaje de placer.
Una tarde de miércoles se presentó en el domicilio de una tía que vivía junto a otros parientes hasta entonces desconocidos por él. Lamentablemente el joven abogado no recibió el mejor de los tratos. Prácticamente lo echaron a patadas cuando pronunció el nombre de su madre. Además aseguran los biógrafos que las patillas y su aire de compadrito no fueron del agrado de los chinos que, indignados, le prohibieron el regreso a esa casa. Al menos así interpretó Ming el verborrágico mandarían que escupía su tía al mismo tiempo que esta le enseñaba un palo de escoba.
Sin poder contar la historia de su vida a dichos parientes, (otrora lejanos y ahora también), decidió seguir el consejo de su corazón: el de no verlos nunca más.
Dicha situación deprimió a Ming durante algunos días. Pero luego de recomponerse se obligó a no claudicar en su cometido, el de reconectarse con las raíces de sus progenitores -mejor expresado: las raíces de su madre y las raíces de Tao Ming- y conocer, aunque sea un poco más, acerca de la historia de aquel país.
Fue así que por métodos que hoy desconocemos averiguó la dirección del cementerio donde descasaban los restos de su padre. Llegó al enorme panteón, ubicó la tumba de Tao Ming y se paró frente a ella. Nadie sabe si pronunció palabras, de hecho si lo hizo, se desconoce si utilizó el mandarín o el lunfardo. Pero es casi una certeza que a Ming ese día, frente al lugar de descanso de aquel hombre, se le piantó un lagrimón.
Fue la casualidad o el destino que hizo que Ming se pusiera en contacto con un mercader del pescado que había trabado amistad con Tao. Una noche en la que se bebió mas de la cuenta el comerciante le confesaría al joven Ming que en verdad su padre no había muerto de causas naturales sino que había optado por el suicidio cuando se anotició de que su esposa ya no regresaría de Buenos Aires. Tao se sintió un idiota -rasgo distintivo que muchos cronistas han destacado al respecto de su personalidad- y vivió aquella situación como la mas profunda de las traiciones, motivo por el cual se aplicó el famoso método del harakiri. Atravesó su propio cuerpo con un cuchillo de pescador (que su amigo, el que contó la historia, le había obsequiado) a la vez que entonaba el grito de “Un chino debe morir con honor”. Amigos de Tao que escucharon tan escandaloso grito lo encontraron en su casa a medio desangrar. Ellos fueron los que llamaron al médico del barrio quien lo asistió rápidamente, aunque, sin poder hacer mucho por salvarle la vida. Ninguno de los que estuvo allí presentes, rodeando a Tao en el lecho de muerte minutos antes de que este perdiera el conocimiento, se atrevió a explicarle que el harakiri era un método originario del Japón, (de ello se desprende que ningún chino podía morir honrosamente de esa manera). Así fue, pues, como Tao abrazó la muerte tan estúpidamente como había vivido sus días, es decir, ignorando la ignorancia de sus actos.
A pocos días de enterarse de los detalles de la horrible muerte de su padre, Ming redactó una carta dirigida a su progenitora. En ella anunciaba su permanente residencia en China fundamentando que lo hacía en honor a la falta de honor de su padre. Nunca se supo si su madre contestó aquella desgarradora epístola.
Así las cosas, Ming se propuso revalidar su título de abogado en el lejano Oriente. De ahora en mas se dedicaría a ejercer el derecho en China (tarea difícil si las hay), por lo que debía encontrar un lugar para hospedarse y realizar su cometido. Para mejor organización tomó una hoja y escribió una lista de prioridades. La primera fue aprender mandarín. Era necesario vencer la barrera de aquel idioma que desconocía casi por completo.
Adultez
Adultez
En menos de dos años Ming había logrado su objetivo. Residía en una casa humilde, ejercía el derecho y hablaba un mandarín tan fluido como el que habla el chino nacido en la China.
Se encargaba de defender a cuanta desdichada alma lo consultase. No ganaba demasiado dinero ya que sus clientes no pertenecía a un entorno acaudalado. Sin embargo su vida de trabajo y austeridad le habían devuelto cierto aire de felicidad.
Si bien en su cotidianeidad se lo podía confundir tranquilamente con un oriundo de China, su infancia y adolescencia en Buenos Aires no lo habían abandonado. Algunos datos de color para sostener dicha afirmación cuentan que antes de entrar en audiencia Ming silbaba por lo bajo algún tango. En juicios importantes, por cábala, tarareaba la melodía de Canaro en París. En su estudio había colgado un banderín de Boca Juniors y en la sala principal de su casa un cuadro que enmarcaba el recorte de una revista El Gráfico, donde aparecía su héroe, Enrique Hrabina, levantando la recopa del ´89. Si bien para esa época Ming se había afeitado las patillas, se peinaba el pelo a la gomina y no había perdido ese aire de compadrito que tanto le gustaba portar.
Pasados algunos años mas de su llegada a China, El doctor Ming se entrevistó con un joven que pidió su asesoramiento en relación a un juicio laboral que debía afrontar. Aquel muchacho de rasgos frescos y mirada penetrante se hacía llamar Xing. Este había desempeñado tareas administrativas dentro de una afamada empresa de medicamentos y biotecnología durante dos años. Según el propio Xing, luego de un altercado semi violento, lo habían echado como a un perro de aquella empresa.
El la libreta de notas del doctor Ming figuran unas anotaciones que este tomó en relación al caso -para tranquilidad del lector el doctor solía anotar en castellano- dice así:
Caso Xing: laboral. Lo sacaron a patadas de la compañía en la que trabajaba por un kilombo que se armó cuando se supo que éste le soplaba la mina a uno del directorio. Problemas de polleras…los hay en todas partes.
El doctor Ming patrocinó a Xing logrando que autoridades judiciales dictasen a favor del joven despedido. La indemnización obtenida se traducía a un número mas que interesante. Xing se conmovió al escuchar el dictamen y abrazo a Ming efusivamente. Dicen los que saben que ese fue el comienzo de una amistad que duró algunos años.
Con el dinero percibido Xing abrió su propia empresa orientada en la rama de los productos para la salud. Contrató profesionales de distintas áreas e inauguró un centro de investigaciones que le brindó resultados comerciales exitosos.
Pero la vida no es color de rosas, mucho menos en la China. Es de público conocimiento que en pleno desarrollo de su nueva corporación, Xing comenzó a padecer síntomas persecutorios. Algunos empleados lo habían visto pasar varias semanas encerrado en la oficina de la fábrica central. Xing acusaba a sus antiguos empleadores de haber instalado micrófonos en su casa y en las sedes de Xing Corporation -nombre de la empresa- para poder arrebatarle las fórmulas de los productos que empezaban a ser vendidos con mayor éxito en toda la región.
Ante los consejos de un amigo decidió hacer una cita con un prestigioso psiquiatra con el que estuvo en tratamiento durante cinco años. El final del tratamiento es digno de ser nombrado. El académico advirtió a Xing que padecía la necesidad imperiosa de perseguir el éxito por el solo hecho de alcanzar la aprobación de una figura paterna, -ya que el padre de Xing siempre había considerado a este último un verdadero miserable-. Cuando el éxito tambaleaba los síntomas persecutorios sobrevolaban su mente. En síntesis, el psiquiatra le aconsejo tomarse vacaciones de su habitual cargo ejecutivo al frente de la empresa. En lugar de seguir dicho consejo, Xing mandó a pasear al psiquiatra, interrumpiendo así el tratamiento y saliendo en búsqueda de alguien que pudiese acompañarlo en la difícil tarea de dirigir una corporación tan grande cómo la suya.
Así fue que Xing se contacto nuevamente con el doctor Ming, buscando claramente en esta relación una figura paterna que lo aprobase en todo cuanto decidiera.
Ming aceptó la propuesta de Xing, quien lo proponía como nuevo sub director de Xing Corporation.
Siguieron a estos sucesos años gloriosos para ambos compañeros. Ambos engordaron sus cuentas bancarias (tarea difícil en la China). Los conocimientos legales de Ming ayudaron a que la empresa creciera a pasos agigantados.
Por fin llegó un día esperado para los ejecutivos de Xing Corporation. La empresa sacaría a la venta un producto sumamente revolucionario que no contaba con antecedentes en el mercado. Un producto cuasi milagroso que -en formato de té- daría a la gente -a cambio de una módica suma de dinero- un bien estar absoluto. No solo le permitiría al consumidor bajar de peso, sino que le prometía una vida llena de éxitos.
Ineludiblemente el destino juega pasadas oscuras. A semanas de presentar el tan esperado producto, Xing se ve implicado en un nuevo altercado amoroso que le cuesta la vida. El esposo de una jovencita con la que Xing salía le quiso enviar un mensaje mafioso a modo de advertencia. Pero el hombre engañado contrató a un grupo de malhechores de origen ucraniano que mal interpretaron las órdenes, entendiendo que cuando éste se refería a “contactar y asustar a Xing” quería decir “encontrar y matar a Xing”.
Así fue como Xing tuvo una muerte prematura a manos de sicarios extranjeros que se encargaron de llenarle el cuerpo de plomo.
Declaró Ming en una conferencia de prensa con respecto al suceso:
Estos son los hechos que repudiamos, no de ahora, sino de toda la vida.
Es increíble que por una mina medio fulera y su marido psicópata nos encontremos en estas horas tan dolorosas, llorando a un visionario, pero sobre todo llorando a un amigo.
La empresa y el producto
Al poco tiempo de la muerte de Xing, Ming se hizo cargo de la dirección de la empresa y no tardó en anunciar que aquel milagroso producto tan esperado por los consumidores no tardaría en salir al mercado.
El nombre original del flamante invento había sido propuesto por Xing un año antes de su muerte Xing Elixir . Pero Ming (que no pecaba de humilde) dijo que sería un mal augurio ponerle el nombre de un muerto a un producto, por lo que decidió bautizarlo como el Té milagroso del Doctor Ming. (En Buenos Aires se conoce como Té chino del Doctor Ming, cuestión que no merece aclaración)
Así también cambió el nombre de la empresa a Doctor Ming Business .
El Té milagroso no tardó en convertirse en un éxito absoluto en ventas (tarea difícil en la China pero no en el resto del mundo).
Muchos años se cuestionó el enriquecimiento de los directivos de la empresa, en especial el creciente patrimonio personal de Ming. Por tales motivos y para poner paños fríos a la situación -y lavar un poco de guita-, Ming inauguró una fundación que se dedicaba a diferentes áreas. La misma tenía como misión fomentar el bienestar de la salud para todos los sectores sociales de la población, promover el fútbol en China para que este deporte sea de interés nacional y por último buscó lograr un intercambio cultural mas profundo entre el país asiático y aquel en el que Ming había nacido: Argentina.
Así surgieron como pilares de la fundación el “Centro de rehabilitación de lesiones futboleras Enrique Hrabina” -título elegido en honor a su ídolo- La “Escuelita de fútbol para Chinos que no saben jugar al fútbol” -para desarrollar mas fuertemente aquel deporte en ese país. Y finalmente: la “Academia China de Tangos Argentinos”, donde no solo se dictaban clases de baile y de canto de la música tradicional de Buenos Aires, sino que también se realizaban estudios académicos profundos sobre los orígenes del Tango y se practicaban traducciones de los tangos mas emblemáticos al mandarín.
Tras años de éxitos y también de periodos oscuros, en los que fue perseguido por falsos acreedores, Ming decidió mudarse una vez mas. Pocos saben cual fue su destino en esta última ocasión. Muchos indican que en la actualidad se mueve por todas partes del mundo, justamente para no ser encontrado. Si bien su paradero se desconoce, Ming sigue al frente de la empresa vía celular, aquella que fundara su extinto amigo Xing.
Despedida
Despedida
Hace pocos días una carta fue publicada en un diario de Buenos Aires. En un espacio de solicitadas, Ming hacía referencia en pocas palabras al amor que sentía por el lugar que lo vio nacer. Expresaba estar con algunos problemitas de salud a causa de una indigestión y decía que un oráculo al que consultaba con regularidad le había advertido sobre un posible y pronto deceso.
Ming se despide en aquella solicitada saludando a todos los porteños, a todos los argentinos y a todos los boquenses, enviando un mensaje encarecido que reza lo siguiente:
Entonces, estimados amigos y hermanos todos, si llega la hora de partir pues bien, afrontaré esos minutos finales con la dignidad que siempre tuve, la misma que introyecté en mis años de porteño y patilludo. Solo pido a ustedes cumplan mi última voluntad, cuando muera quiero que en La Bombonera se realicé en mi nombre un minuto de silencio. Un minuto de silencio de esos que a nadie le importa y nadie respeta en Argentina, y así podré desprenderme de lo terrenal para ir a recorrer caminos inciertos, con la mente tranquila, con un tango en el oído y una gambeta en el corazón. Hasta siempre. Dr. Ming (El Chino para los amigos).
Y esa fue la última prueba de vida que Ming dio al mundo.
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