El otro está presente y me mira. Me muevo mientras soy seguido por sus ojos espejados.
Le hablo fuerte y claro para que me entienda o me rio disparatadamente para contagiarle mi risa.
En ocasiones corro y va a mi lado. Por momentos se enoja y no hace más que perseguirme enfurecido.
Puede que de él me enamore, entonces pasa años a mi lado, pero si me deja me angustio, me recrimino, lloro a mares.
Si creo que lo he perdido vuelve.
Le grito eufórico para lograr que me escuche.
Llevo al extremo mi cuerpo para llamar su atención.
En el fondo adivino que lo quiero, porque sé que el otro es como esa parte de mí que he dejado de ser.
Si ha llegado el fin, el otro me alienta, me dice que estoy bien o lo niega rotundamente. Me aprieta, me empuja o me acaricia. Me inyecta y me hace morir. Entonces, por fin, muero para pasar a un lugar incierto donde está el otro que me espera.
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