sábado, 5 de enero de 2013

Plaza circular


Le dábamos vueltas a la plaza una y otra vez, a paso lento, envueltos en la tranquila brisa otoñal. Los árboles desojados, el pasto amarillento y los juegos para niños, maltratados por las inclemencias del tiempo, formaban parte del cuadro.
De cuando en cuando encendíamos un cigarrillo y el silencio nos invadía. Desfilábamos por el camino circular apenas sin cuerpos. Cuando volvían las palabras nos sumergíamos en conversaciones brillantes o absurdas.
Comenté, con timidez, que tenía para mí el deseo de ser feliz algún día. Beatriz repuso que ella anhelaba erradicar la nostalgia de lo que ya no era y abrirse paso en el camino del perdón, pero que no sabía cómo hacerlo
Entonces reparé en algo que no había advertido hasta ese instante. Cada vez que nos encontrábamos, para caminar y conversar, la plaza estaba absolutamente desierta.
¿Cuánto tiempo hace que estamos dando vueltas? le pregunté algo asustado.
Mucho, supongo. me contestó despreocupadamente.
Los árboles cambiaban sus follajes según la estación. Variaba la vegetación abundante de los canteros de piedra. A veces escuchábamos el cantar de algún pájaro aunque nunca lográbamos divisarlo posado en una rama o atravesando el cielo. Todo aquello componía lo habitual del paisaje, sumado a las nubes, el sol que nunca se ponía y una llovizna pasajera y soportable.
Siempre estamos solos. reflexioné en un hilo de voz que llegó a oír.
Se detuvo a mi lado y aprovechó la pausa para acariciarme el rostro.
Siempre solos. sentenció Beatriz casi entre lágrimas.
Retomamos el paso, que a esas alturas era difícil de abandonar.
Pasamos junto a un limonero que nos regaló su perfumado aroma. Pensé de inmediato en una casa de campo pintada de azul. No sé si alguna vez viví allí. Tampoco tengo la certeza de haber visto, verdaderamente, aquel limonero. 
En algunas circunstancias vienen a mí recuerdos de otras épocas. Caras de personas que creo haber amado. Es cada vez más difícil retener esas imágenes en forma nítida. Se van alejando con disimulada velocidad. No sé si son recuerdos o sueños. Acaso resabios de un tiempo que ya no es. Estoy convencido de que a Beatriz le ocurre lo mismo, pero no me atrevo a preguntarle.  Noto en ella una sensibilidad creciente. Además he advertido que ya no me nombra, ¿acaso a olvidado cómo me llamo? Seguramente. Eso no me molesta en absoluto, ni siquiera yo lo recuerdo. Me contento tan solo con saber que no he olvidado su nombre.
En algún momento le dije:
Es hora de regresar. busqué sus ojos, pero no di con ellos.
¿A dónde se supone que tenemos que regresar? me preguntó sin detenerse.
Me tomé unos segundos para encontrar palabras coherentes, aunque no pude dar más que con una frase que ella, seguramente, esperaba oír de mí.
No tengo idea. le dije por fin.
Entonces decidimos seguir dando vueltas alrededor de la plaza, circular, infinita, que representa para nosotros el universo, pero nada más que eso.

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