Le dábamos vueltas a la plaza una y otra vez, a paso lento,
envueltos en la tranquila brisa otoñal. Los árboles desojados, el pasto
amarillento y los juegos para niños, maltratados por las inclemencias del
tiempo, formaban parte del cuadro.
De cuando en cuando encendíamos un cigarrillo y el silencio
nos invadía. Desfilábamos por el camino circular apenas sin cuerpos. Cuando
volvían las palabras nos sumergíamos en conversaciones brillantes o absurdas.
Comenté, con timidez, que tenía para mí el deseo de ser
feliz algún día. Beatriz repuso que ella anhelaba erradicar la nostalgia de lo
que ya no era y abrirse paso en el camino del perdón, pero que no sabía cómo
hacerlo
Entonces reparé en algo que no había advertido hasta ese
instante. Cada vez que nos encontrábamos, para caminar y conversar, la plaza
estaba absolutamente desierta.
–¿Cuánto tiempo hace que estamos dando vueltas? –le pregunté
algo asustado.
–Mucho, supongo. –me contestó despreocupadamente.
Los árboles cambiaban sus follajes según la estación.
Variaba la vegetación abundante de los canteros de piedra. A veces escuchábamos
el cantar de algún pájaro aunque nunca lográbamos divisarlo posado en una rama
o atravesando el cielo. Todo aquello componía lo habitual del paisaje, sumado a
las nubes, el sol que nunca se ponía y una llovizna pasajera y soportable.
–Siempre estamos solos. –reflexioné en un hilo de voz que
llegó a oír.
Se detuvo a mi lado y aprovechó la pausa para acariciarme el
rostro.
–Siempre solos. –sentenció Beatriz casi entre lágrimas.
Retomamos el paso, que a esas alturas era difícil de
abandonar.
Pasamos junto a un limonero que nos regaló su perfumado
aroma. Pensé de inmediato en una casa de campo pintada de azul. No sé si alguna
vez viví allí. Tampoco tengo la certeza de haber visto, verdaderamente, aquel
limonero.
En algunas circunstancias vienen a mí recuerdos de otras
épocas. Caras de personas que creo haber amado. Es cada vez más difícil retener
esas imágenes en forma nítida. Se van alejando con disimulada velocidad. No sé
si son recuerdos o sueños. Acaso resabios de un tiempo que ya no es. Estoy
convencido de que a Beatriz le ocurre lo mismo, pero no me atrevo a
preguntarle. Noto en ella una
sensibilidad creciente. Además he advertido que ya no me nombra, ¿acaso a
olvidado cómo me llamo? Seguramente. Eso no me molesta en absoluto, ni siquiera
yo lo recuerdo. Me contento tan solo con saber que no he olvidado su nombre.
En algún momento le dije:
–Es hora de regresar. –busqué sus ojos, pero no di con
ellos.
–¿A dónde se supone que tenemos que regresar? –me preguntó
sin detenerse.
Me tomé unos segundos para encontrar palabras coherentes,
aunque no pude dar más que con una frase que ella, seguramente, esperaba oír de
mí.
–No tengo idea. –le dije por fin.
Entonces decidimos seguir dando vueltas alrededor de la
plaza, circular, infinita, que representa para nosotros el universo, pero nada
más que eso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario